
"Amar duele. Es como entregarse a ser desollado y saber que en cualquier momento la otra persona podría irse llevándose la propia piel".
Susan Sontag
¿Quién es Victor Salva? Un muchacho fanático del cine bizarro y las series televisivas de los ’60 que un día presentó un cortometraje frente al gran Francis Ford Coppola. Sorprendido, el director de Apocalipsis Now -cual émulo de Roger Corman- se lanzó a financiar la primera película en 35 mm del joven: Clownhouse. Editado aquí en video con su título original, este film narra el drama de tres hermanos que se quedan solos durante una noche en su casa y son atacados por tres payasos asesinos. Los villanos no son más que tres psicópatas que se escaparon del manicomio y robaron los trajes de payasos de un circo ambulante. La historia parece simple pero su evolución está apoyada sobre una lógica racional, lo que hace de Clowhouse un obra sólida y escalofriante. Salva ya demostraba, una década atrás, tener avidez y talento para el complejo género del terror. Luego del debut el director realizaría tres películas para otros estudios, entre ellas la exitosa Powder, hasta que armado de valor y con un nuevo guión probó suerte llamando a... Francis Ford. El generoso y visionario padrino aceptó por segunda vez producir a Salva y así nació el estreno que vamos a comentar: Jeepers Creepers.
Este film representa la segunda parte de una serie que el director francés denominó “Trilogía del duelo”, que comenzó en 2000 con la inquietante Bajo la arena, en la que Charlotte Rampling no lograba aceptar la muerte de su marido desaparecido. En Tiempo de vivir (Le temps qui reste) la cuestión es asumir la propia muerte.
Steven Soderbergh se muestra como un consultor comercial en piloto automático. Su film parece una presentación programada en Power Point: las escenas se suceden con la displicencia de esas diapositivas publicitarias que deben deslizarse rápidamente para que su vacuidad discursiva no quede expuesta. Los bronceados ladrones de guante blanco y trajes Armani se mueven todo el tiempo pero no se sabe muy bien adónde van, y no importa demasiado por qué; la cuestión es que allí están nuevamente estos espléndidos muchachos, diseminados en una puesta en escena sin volumen, sepultados bajo una fotografía de filtros rojos y texturas doradas que proliferan hasta el empacho.
Hay un momento desolador en Los Perros que logra registrar aquello que resulta casi inaprensible para la imagen: el dolor del vacío. En esta escena atípica, el protagonista del film aparece encerrado en un locutorio hablando por teléfono con un ex compañero de militancia. Quien llama es Ángel Gutiérrez, ex guerrillero del Ejército Revolucionario del Pueblo, que quiere que su amigo aporte su testimonio para el documental. El espectador jamás llega a escuchar la voz del otro lado del teléfono. Sólo hay silencios, que pronto delatan un hecho: esa persona no quiere hablar. No quiere recordar, ni volver atrás. ¿Hartazgo? ¿Miedo? ¿Terror? ¿Es posible que perdure el terror? Sólo hay silencios, y el rostro desconsolado de Gutiérrez mientras se hace esas preguntas. Lo que lo separa a él del vacío es la palabra. Su palabra. Y el cine.
Goodbye Lenin! centra su conflicto en octubre de 1989 en Alemania oriental, durante los días previos a la caída del muro de Berlín. Christiane (Katrin Sass) es una devota militante del Partido Comunista y tiene dos hijos jóvenes que debió criar en soledad, ya que su marido la abandonó hace mucho años para instalarse en el Oeste. En la noche en que se celebran los cuarenta años de la República Democrática Alemana, Christiane se cruza con una manifestación opositora al régimen y sufre un infarto al ver que su hijo Alex (Daniel Brühl) es reprimido por la policía. La mujer ingresa en estado de coma y en su letargo es ajena a todas las transformaciones que en poco tiempo sacudirán a la sociedad.
No se trata de un ejercicio de nostalgia demagógica, ni de una farsa sobre una concepción política presuntamente perimida. Desde una mirada que sólo en apariencia puede resultar ingenua, Good Bye Lenin! obliga al espectador a preguntarse nada menos que por la solidaridad, esa sustancia tan noble y escasísima que el socialismo exige como indispensable basamento para su concreción. Un planteo que no por utópico deja de ser necesario. Tal vez sea eso lo que impulsa al joven protagonista a mirar permanentemente el cielo, como esperando un milagro, o buscando en los sueños de su infancia alguna respuesta frente al abismo de veloces contradicciones que le presenta la Historia.
El director norteamericano James Ivory y el productor hindú Ismael Merchant se conocieron en 1961 y desde entonces conformaron una de las alianzas creativas más reconocibles de la historia del cine. Merchant falleció en mayo de 2005, apenas finalizado el rodaje de La condesa blanca (The white countess), por lo que este film representa la última colaboración de la dupla. Una despedida tenue y un poco distraída.
Mientras tanto
“La literatura de las epifanías, los monstruos y las maravillas -escribe el ensayista Luigi Volta - representa para muchos un vehículo ideal para una verdad soñada, y se torna así literatura ideal y utópica, como por ejemplo, para John Ronald Reuel Tolkien. Tolkien considera lo fantástico como una perfecta alusión a un ‘bien’ imaginario, algo equivalente a un sueño de salvación y elevación”. Para Tolkien, la fantasía constituye una actividad esencial para buscar respuestas a los misterios de la vida. Con ese objetivo concibió “El Señor de los Anillos”, frondosa novela que para muchos es la cumbre de la literatura del siglo XX. Prístina alegoría, con sus insólitas criaturas, sus héroes intrépidos y también tímidos, sus montañas infinitas y reveladores senderos, “El Señor de los Anillos” es una historia que intenta, más allá de lo fabuloso, explicar este mundo concreto que nos contiene para así comprender, aunque sea de manera tentativa, ese peligroso motor que lo mueve y que solemos llamar “alma humana”.
Basado en la biografía escrita por Hayden Herrera, el film Frida propone un acercamiento a la vida y la obra de Frida Kahlo, la genial pintora mexicana que brilló en la primera mitad del siglo XX. Como resulta imposible sintetizar en dos horas la impresionante historia de esta mujer, los guionistas eligieron situar el eje del relato en el lazo que la unió al muralista Diego Rivera. Esto significa que otros aspectos fundamentales en el universo de Kahlo -su militancia a favor de la revolución comunista, su sensibilidad social, su aporte al surrealismo, sus amistades políticas- son abordados de manera marginal. En consecuencia, Frida es un retrato con luces y sombras.
Como toda coproducción que se precie de tal, la película congrega en su elenco a figuras de diversas procedencias. La argentina Mia Maestro -pareja de Miguel Ángel Solá en Tango- interpreta a Christina, la hermana de Kahlo. La actriz de origen italiano Valeria Golino (Rain Man) compone con gracia a Lupe Marín, primera esposa de Rivera. El español Antonio Banderas personifica fugazmente al pintor David Siqueiros, mientras la norteamericana Ashley Judd finge un inglés rústico al encarnar a la fotógrafa italiana Tina Modotti. Edward Norton hace de Nelson Rockefeller y un distraído Geoffrey Rush caracteriza al gran León Trotsky. También el poeta y teórico del surrealismo André Breton desfila en un cameo casi imperceptible.
El espectador argentino, acostumbrado ya a los mediáticos “pecados” de los religiosos vernáculos y conocedor de la nefasta connivencia de la Iglesia con las dictaduras asesinas, no puede sorprenderse ni alarmarse ante los hechos narrados en el film. Uno presume que en el México profundo, donde el culto católico aparenta ser más firme, una historia de este tenor podría resultar novedosa o audaz. Sin embargo, las reseñas que allí deparó la película tampoco denotan asombro ni desmedidas ofensas. Lo cual confirma que todos, en cualquier parte del mundo, sabemos perfectamente que estas prácticas clericales -y otras todavía peores- tienen cabida en la realidad. Lamentablemente, El Crimen del Padre Amaro, si bien consigue una aceptable descripción, carece de la potencia necesaria para convertirse en una verdadera denuncia.
Las actuaciones y la gracia de algunas escenas bien resueltas salvan a El Crimen del Padre Amaro del completo descalabro. En los personajes secundarios hay ciertos hallazgos, como por ejemplo la bruja Dionisia (Luisa Huertas), representante del arraigo de la religión y el esoterismo en las comunidades de provincia. Los intérpretes fueron bien elegidos, especialmente la pareja protagonista: la intensa Ana Claudia Talancón y el notable Gael García Bernal. Es en la curiosa construcción del personaje de Amaro en donde la película encuentra un fuerte punto a favor. Sus reacciones frente a los hechos oscuros que observa no son precisamente cándidas y esto hace que su progresión dramática sea difícil de predecir. El joven que parecía tímido y fiel a la palabra de Dios no tarda demasiado en develar un costado manipulador y oportunista. Nadie más indicado para este papel que el actor de Amores Perros, con su rostro tierno y esa mirada tan diáfana como sensualmente perversa.
Para disfrutar de un film como La Llamada (The Ring), es fundamental tener cierta afinidad por el terror, un género hoy prácticamente derruido por la nulidad creativa de Hollywood, que sólo atina a resucitar a Jason Voorhees, Michael Myers y Hannibal Lecter para conformar a los entusiastas del miedo, cuando no relega el asunto en cansinas estudiantinas o en apresurados empalmes con la ciencia-ficción. Pero el miedo es una materia delicada que exige ingenio, cintura y pulso a la hora de esculpir el escalofrío. The Blairwitch Project (Myrick-Sánchez), Los Otros (Alejandro Amenábar) y Jeeper Creepers (Victor Salva) son algunos de los pocos estrenos atendibles del último tiempo que realmente lograron tensar los resortes del terror, cometido que ahora también cumple La Llamada.
El terror siempre debe reservar un margen de acción para lo insondable. Esta versión parece iluminar ciertos puntos negros de la historia que el film de Nakata abordaba con mayor sutileza (aunque también hacía que Ringu fuera más fría y lejana). En algunas escenas La Llamada impone explicaciones sin necesidad, especialmente a través del forzado personaje de Aidan (David Dorfman), el hijo de Rachel. Si bien funciona como puente con el más allá y desata los nudos del enigma que son esquivos a su madre, la intervención del chico resulta redundante y apenas consigue ser una gélida copia de otros clásicos niños-psíquicos (Poltergeist, Sexto Sentido). Esto no significa que la película carezca de intriga. Todo el relato está propulsado por un vigoroso misterio, pronunciado por la tétrica atmósfera que surca los paisajes azulados y húmedos de Seattle. Por otro lado, el guión sabe aprovechar el recurso del video para construir esa brumosa frontera en donde lo real se torna pesadilla, y donde las imágenes ponen de manifiesto letales presagios.
“Cuando miro para atrás, siento que nada pasó”, le confiesa Marie (Valeria Bruni Tedeschi) a Pierre (Patrick Dell’Isola). Así sufren el presente los protagonistas de Nada que hacer (Rien à faire, 1999). Tristeza al intuir que a los cuarenta años se llega al final del camino. Miedo a descubrir que, quizás, también puede ser el comienzo de un cambio profundo y una clave para ansiar un poquito (aunque sea una pizca fugaz) de felicidad.
Por Slavoj Zizek