Los argentinos somos miserables. Y si nos apuran somos más que eso: somos perversos.
Esta es la impresión que deja Regresados, una película en donde todos los personajes son pobres tipos: los hombres son fracasados, o ególatras, o cobardes, o hipócritas, o decididamente idiotas, mientras las mujeres son irresolutas y superficiales. No hay por qué enervarse frente a este bestiario: en el fondo, todos ostentamos más de un rasgo patético. Y no precisamente por ser argentinos, sino por ser humanos.
Sin embargo, Cristian Bernard y Flavio Nardini pretenden en su segundo largometraje extraer una muestra antropológica que defina al gen nacional: la película es el retrato de una sociedad -de una pequeña clase media, más específicamente- en donde la decadencia es irreversible.
Ambientado en plena crisis de 2002, el film tiene como disparador un reencuentro de ex alumnos que terminaron el secundario en 1982. De la reunión surgen tres historias que se narran en paralelo, con tonos bien diferentes. Por un lado, está la comedia negra a cargo de Franco (Diego Leske), Alexis (Carlos Issa) y Lito (Francisco Nepomuceno, que encarna con mucha gracia a un engreído empresario radicado en España), quienes hacen un recorrido nostálgico por una Buenos Aires turística. Por otro lado, se cuenta la anécdota tristona del acomplejado Guido (Luciano Cazaux), que lleva a su departamento a quien fuera su primera novia, Melina (Coni Marino), de quien sigue enamorado. Finalmente, está el arrepentido Lacrose (Luis Sabatini, excelente), que quiere pedir disculpas a un antiguo compañero a quien solía golpear y ofender en la escuela. Esta tercera historia, de una impronta grotesca que araña lo fantástico, incluye una participación del gran Diego Capusotto.
En un artículo acerca del miserabilismo en el arte, Ricardo Gullón explica: “Considerar al hombre cautivo de su propia miseria y suponerse condenado a soportarla conduce, más que a la rebeldía, a la desesperación y a la angustia. A la angustia existencial de quien cree vivir en el absurdo y sin finalidad, nacido para la muerte, anticipo de cadáver y al borde de la podredumbre” (www.cervantesvirtual.com). En una línea ideológica ya esbozada en 76-89-03, ópera prima de Bernard y Nardini, Regresados pinta un callejón sin salida. Porque aunque se presente como una historia que ofrece a sus personajes una segunda oportunidad (siempre a partir de alguna canallada, cabe aclararlo), ninguno de ellos consigue siquiera una rodaja de la tan mentada salvación. Es muy difícil sonreír frente a tanto patetismo. Los directores simulan ser feroces en la crítica a su generación, pero lo cierto es que en un análisis más fino, su mirada resulta apenas tibia.
En una entrevista publicada en Página/12, Nardini comenta: “Al ser el vigésimo aniversario de estos ex alumnos, los personajes están en los 37 años. Casi casi es una de las últimas oportunidades en la vida para tratar de cumplir los sueños. No hay muchas más después de los cuarenta y pico. Y esa reunión le va a hacer tomar una decisión a cada personaje. Hay que ver si están dispuestos al difícil camino de reconstruirse o ampararse en la comodidad”.
No hay alivio posible en Regresados. Ese es el problema. El film evita cualquier sendero que permita algún tipo de "reconstrucción" personal (ni hablemos de una colectiva). Los personajes deliran, rezongan, culpan a los bancos, acusan al país, pero no se hacen cargo de su rol en este cuadro en donde la desilusión está instalada. Viven el estado de las cosas como algo dado, como una condena que heredaron de épocas previas y que no pueden resolver.
Gullón advierte que “el miserabilismo es una actitud parcial y lo es deliberadamente en cuanto se niega a ver la real complejidad de la imagen que pretende reflejar”. En efecto, esta es una película que nunca se compromete en serio con el contexto histórico-político que narra, porque no tiene nada interesante para decir en ese aspecto. Lo que sí hace, en cambio, es destinar un par de diálogos que embisten abiertamente contra el “cine argentino que triunfó en el exterior”. Esta actitud de encono hacia el cine local no llega a estar totalmente justificada dentro de la ficción, pero sí invita a pensar que los personajes que habitan Regresados son ejemplos fidedignos de una generación anclada en un confuso resentimiento.









